Es absurdo pensar que las fronteras puedan abrirse de forma absoluta a la inmigración

MARÍA ISABEL SERRANO | ABC:es
Tras presidir un encuentro con jueces de 50 países, tiene claro que la UE debe darse mucha prisa en contar con una norma y una policía de fronteras comunes

-Llevamos tres leyes de Extranjería. ¿Tiene alguna justificación que el último proyecto, en trámite parlamentario, no haya sido consultado con jueces y magistrados?
-El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) se ha quejado, efectivamente, de que no se haya sometido a informe. La regulación de la inmigración afecta a los derechos fundamentales y, en principio, esa materia debería ser objeto de informe por parte del órgano de gobierno del poder judicial. Siempre enriquece y nunca estorba.
-¿Somos tan torpes como para necesitar cambiar tantas veces la ley de Extranjería?
-La inmigración ha pasado de ser algo que decidía un grupo de personas a ser un instrumento de negocio. Hay organizaciones ilegales que viven de traer inmigrantes. El problema es humano: cuando quien está mal ve cómo se vive aquí, quiere venir. Pero la regulación no puede ser «inocente» -que vengan todos los que quieran- ni «cruel» -que no entre nadie-.
-El simposio sobre Inmigración y Extranjería que ha organizado la Fundación Justicia en el Mundo, en el que han participado jueces de 50 países, ha perfilado varios ejes sobre movimientos migratorios. ¿Nos indica los más importantes?
-En primer lugar, el absoluto respeto de los derechos humanos de los inmigrantes, tanto legales como ilegales. En segundo lugar, destacaría que los Estados tienen derecho a regular el acceso de extranjeros a su país a base de cupos o contingentes porque es absurdo pensar que las fronteras se puedan abrir de forma absoluta. Sería el caos. Los extranjeros tienen que venir con todos los derechos fundamentales, incluido el derecho a un trabajo digno. Si llegan y no encuentran ese trabajo digno, se les condena a la marginalidad y, por tanto, se les empuja hacia las mafias; las mismas que, en ocasiones, los han traído. Y, luego, hay otras mafias que se aprovechan de los inmigrantes irregulares para un tipo de delincuencia, digamos pequeña, tras la que se esconde la gran delincuencia. Una inmigración no controlada provoca un gran desbarajuste que sólo controlan las mafias que trafican con seres humanos.
-¿Somos un país de acogida demasiado exigente o demasiado blando?
-De la misma forma que los gobiernos pueden, legítimamente, establecer cupos o contingentes de inmigrantes atendiendo a las posibilidades de acogida y de trabajo en cada país, los extranjeros que acceden al territorio de otro Estado han de someterse al ordenamiento jurídico del país de acogida y respetar los usos y costumbres de su cultura y tradiciones. Integración no significa renuncia, por ninguna de las dos partes.
-¿Ha escuchado alguna vez, imagino que sí, eso de que España ha sido hasta hace muy poco un país de emigrantes?
– Pocas veces se ha puesto de manifiesto que los españoles, especialmente los de los años sesenta, fueron unos emigrantes ejemplares. Allí donde fueron trabajaron magníficamente. Se supieron adaptar a las costumbres del país y aprendieron su lengua. No fueron trabajadores conflictivos; al contrario, pacificaron muchas relaciones laborales e, incluso, con el envío de dinero a sus familiares, resolvieron gran parte del problema de las divisas en España.
-¿Algún país europeo ha llegado a esa situación ideal de integración con su propio flujo migratorio?
-No existe ideal. En los países nórdicos, por ejemplo, la inmigración no es masiva y sí muy selecta. Alemania recibe a muchos turcos. Francia, a argelinos. En Italia ocurre lo propio con personas procedentes de los Balcanes. España recibe ciudadanos de África y de Suramérica… Creo que la UE se tiene que dar mucha prisa en establecer una verdadera frontera común y dotarse de una policía de fronteras. No se puede cargar la responsabilidad de la inmigración a cada país de acogida. Una política común, con una legislación también común, es de las cosas más urgentes en este momento.
-¿Qué hacemos con ese medio millón de irregulares que están hoy en España?
-Las legalizaciones masivas producen el «efecto llamada». Si alguien descubre que llegar de forma clandestina a España y estar aquí una temporadita supone lo mismo que pasar por la Embajada o el Consulado, pedir un permiso de trabajo o de residencia y demás trámites legales, eso, a la larga, es muy nocivo para los que tienen la intención de venir legalmente. Debemos ser cautos y no actuar de forma generalizada; algo que, por otra parte, sirve a las mafias para sacar su propio beneficio. Insisto: hay que fortalecer los intrumentos internacionales con un Tratado de las Naciones Unidas sobre la Extranjería. Una legislación internacional evitaría los abusos.

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